LAS AVENTURAS DE TINTIN, de Steven Spielberg

Las Aventuras de TinTin

CINE DE MOMENTOS

Llama la atención el nivel de realismo en la animación que pueden lograr algunas superproducciones de hoy en día con varios millones de dólares y unas buenas computadoras. No encuentro ningún argumento en contra de estos avances (que además han permitido la creación de joyas como Ratatouille y Wall-E) salvo el que esbozaba David Mamet hace ya algunos años. Él hablaba de una vuelta al estado primitivo del espectador (y del cine) que en sus inicios (en aquella mítica primera exhibición de Llegada del Tren a la Estación, de los Hnos. Lumiere) saltaba y huía despavorido de la sala por creer que el tren se le venía encima, impresionado por el realismo de las imágenes. Aquella reacción -de la que cabe dudar, pero que sirve como ejemplo- le debía mucho más a la inocencia del espectador, enfrentado a una tecnología novedosísima, que al reconocible talento de Lumiere para poner la cámara en el lugar correcto, provocando la reacción en el espectador.

El planteo de Mamet merece cada día más atención. En primer lugar porque cada vez salen más películas de realizadores nóveles (y no tanto) con talento para los efectos especiales digitales pero poca o ninguna preocupación por integrar estos avances con todos los demás recursos del cine (montaje, gestos, sonidos, música, movimientos de cámara, valores de plano, etc.) en virtud de construir una experiencia coherente, provocadora, novedosa y con sentido. Pero más preocupante se vuelve el asunto cuando se ve a los maestros de los últimos cuarenta años construir mega-producciones de un despliegue visual impresionante, pero sin pulso, en las que todo sucede en la superficie de la imagen, y que a fin de cuentas, no aportan nada más que eso: despliegue visual y cierto mérito geek. Mucho de esto pasa en Las Aventuras de Tintin: El Secreto del Unicornio, la última película de Steven Spielberg.

La historia del joven-niño periodista y su investigación sobre el misterio de un barco en miniatura, anhelado por un individuo capaz de matar por él, parece interrumpido o forzado por una visualidad que supera -en despliegue, duración, complejidad- la emoción del drama. Como si los recursos plásticos hicieran cortocircuito con aquello que pretenden narrar, formándose un doble argumento: uno técnico, que versa sobre los inmensos logros de las nuevas tecnologías aplicadas al cine; y que aplasta al otro, la historia de espionaje y misterio tomada de Hergé, sobremusicalizada y errática.

Uno de los momentos culmines del relato sirven de ejemplo. En un frenético y caricaturezco escape de un palacio musulmán, en el desenlace de la película, Spielberg realiza uno de los planos secuencias (una toma sin cortes, donde “la cámara” filma toda la acción de corrido) más vertiginosos y audaces que yo haya visto. La animación y la acción saltan con toda su potencia a los ojos del espectador; mientras se funde gag cómico con aventuras y acción (el disparo pifeado del Capitan Haddock y las coreográficas pirutas se cruzan con un escape por su vida, mientras una laguna entera fluye por los recovecos de un pueblo explotado y en sequía). Es el tren acercándose a toda velocidad a espectadores que nunca vieron más que fotografías estáticas. Mérito del director, claro, porque pocas personas pueden imaginar y llevar a cabo (aunque sea en una computadora) semejante plano secuencia. Pero el drama detrás de ese escape, lo que está pasando allí, cuales son las consecuencias de lograr huir o de ser atrapados, no están del todo claros. La técnica se despliega con toda su agresividad, pero no se entiende bien por o para qué.

El cine se trata, hasta donde entendí, menos de “momentos” que de “momentos encadenados“. Es la sucesión, un ritmo orquestado que crece, decrece y sigue, a son de un drama cualquiera, lo que llena de emoción a una película. Decía, Robert Towne, un guionista clásico de Hollywood: “el cine son tres o cuatro momentos entre dos personas. El resto existe para dar a esos momentos su impacto y resonancia. El guión… Todo existe por eso“. Sobre esta misma idea insistía Howard Hawks, cuando le decía a Joseph McBride que lo que se necesita para hacer una película “lo suficientemente buena” son tres o cuatro buenas escenas, “el resto es lo que conecta a una con la otra”.

En una de esas ya me quedé obsoleto y el cine ya no tiene nada que ver con Hawks sino que pasó a ser un arte de instantes. Cuanto más impresionante la instantánea, cuanto más real sea el mundo imposible en cada momento, independiente del otro, mejor la película. En tal caso, más urgente releer a Mamet, reveer a Hawks… Y más grave el estado del cine hoy.

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